
Recientemente, después de un montón de años desde mi separación, me di cuenta de la inutilidad del rito de acostarme siempre en un lado de la cama, dejando por lo menos la mitad de ella desierta. Este último adjetivo es particularmente adecuado. Y es ahí donde empecé a reflexionar en la historia que cada uno va tejiendo con su cama, que es una sola aunque el mueble vaya cambiando, aunque cambie la ubicación del mismo, o cambien los habitués.
A mí me costó mucho eso del mueble. De chica, claro, tenía. Mis papás eran lo suficientemente convencionales como para asegurar que la gente durmiera sobre camas. Pero apenas pude, opté por desechar lo accesorio y quedarme con lo esencial. Esto es, el colchón. Creo que ese fue el comienzo oficial de mi vida de gitana no-oficial. Durante años, mis innumerables cambios de casa tenían un trauma menos a su haber: mudar un colchón es fácil, liviano, flexible, leve. Definitivamente mucho menos complicado que una cama, que en unos casos implica el drama de desarmar, armar, patas quebradas, tornillos perdidos y marcos descuadrados; y,, en otros el de hacer caber semejante armatoste por la puerta de salida y subsiguientemente la de entrada.
Pero, más temprano que tarde, una va y pisa el palito. Y me hice de una cama. Matrimonial, porque en ese entonces había un matrimonio. Cuando éste se terminó, desaparecieron las cálidas noches de invierno y sus cucharitas - además de otras oviedades - y sólo me quedó el problema de cómo hacer caber el susodicho mueble por las puertas.
No obstante, yo persistía en ocupar un sólo lado de la cama. En el otro, ponía la bandeja del desayuno, el libro, la crema antiarrugas y etc. Jamás atiné a traspasar la línea imaginaria de la mitad de la cama, hasta que un día, simplemente, sucedió. Una redistribución de los muebles me dejó sin "lados de la cama". Si, puede ser que ese día no haya estado muy iluminada para la decoración de interiores y mucho menos para el feng shui, pero, mucho mejor que eso, di un paso adelante que realmente era necesario. Un paso hacia el lado, en rigor.
A mí me costó mucho eso del mueble. De chica, claro, tenía. Mis papás eran lo suficientemente convencionales como para asegurar que la gente durmiera sobre camas. Pero apenas pude, opté por desechar lo accesorio y quedarme con lo esencial. Esto es, el colchón. Creo que ese fue el comienzo oficial de mi vida de gitana no-oficial. Durante años, mis innumerables cambios de casa tenían un trauma menos a su haber: mudar un colchón es fácil, liviano, flexible, leve. Definitivamente mucho menos complicado que una cama, que en unos casos implica el drama de desarmar, armar, patas quebradas, tornillos perdidos y marcos descuadrados; y,, en otros el de hacer caber semejante armatoste por la puerta de salida y subsiguientemente la de entrada.
Pero, más temprano que tarde, una va y pisa el palito. Y me hice de una cama. Matrimonial, porque en ese entonces había un matrimonio. Cuando éste se terminó, desaparecieron las cálidas noches de invierno y sus cucharitas - además de otras oviedades - y sólo me quedó el problema de cómo hacer caber el susodicho mueble por las puertas.
No obstante, yo persistía en ocupar un sólo lado de la cama. En el otro, ponía la bandeja del desayuno, el libro, la crema antiarrugas y etc. Jamás atiné a traspasar la línea imaginaria de la mitad de la cama, hasta que un día, simplemente, sucedió. Una redistribución de los muebles me dejó sin "lados de la cama". Si, puede ser que ese día no haya estado muy iluminada para la decoración de interiores y mucho menos para el feng shui, pero, mucho mejor que eso, di un paso adelante que realmente era necesario. Un paso hacia el lado, en rigor.


