martes 14 de julio de 2009

MI CAMA




Recientemente, después de un montón de años desde mi separación, me di cuenta de la inutilidad del rito de acostarme siempre en un lado de la cama, dejando por lo menos la mitad de ella desierta. Este último adjetivo es particularmente adecuado. Y es ahí donde empecé a reflexionar en la historia que cada uno va tejiendo con su cama, que es una sola aunque el mueble vaya cambiando, aunque cambie la ubicación del mismo, o cambien los habitués.
A mí me costó mucho eso del mueble. De chica, claro, tenía. Mis papás eran lo suficientemente convencionales como para asegurar que la gente durmiera sobre camas. Pero apenas pude, opté por desechar lo accesorio y quedarme con lo esencial. Esto es, el colchón. Creo que ese fue el comienzo oficial de mi vida de gitana no-oficial. Durante años, mis innumerables cambios de casa tenían un trauma menos a su haber: mudar un colchón es fácil, liviano, flexible, leve. Definitivamente mucho menos complicado que una cama, que en unos casos implica el drama de desarmar, armar, patas quebradas, tornillos perdidos y marcos descuadrados; y,, en otros el de hacer caber semejante armatoste por la puerta de salida y subsiguientemente la de entrada.
Pero, más temprano que tarde, una va y pisa el palito. Y me hice de una cama. Matrimonial, porque en ese entonces había un matrimonio. Cuando éste se terminó, desaparecieron las cálidas noches de invierno y sus cucharitas - además de otras oviedades - y sólo me quedó el problema de cómo hacer caber el susodicho mueble por las puertas.
No obstante, yo persistía en ocupar un sólo lado de la cama. En el otro, ponía la bandeja del desayuno, el libro, la crema antiarrugas y etc. Jamás atiné a traspasar la línea imaginaria de la mitad de la cama, hasta que un día, simplemente, sucedió. Una redistribución de los muebles me dejó sin "lados de la cama". Si, puede ser que ese día no haya estado muy iluminada para la decoración de interiores y mucho menos para el feng shui, pero, mucho mejor que eso, di un paso adelante que realmente era necesario. Un paso hacia el lado, en rigor.

jueves 2 de julio de 2009


Cualquiera pensaría que una niña de 18 años que se casa y al rato tiene una guagua, ha sufrido una falla de los cálculos o una mala suerte tremenda. Nada de eso pasó en mi caso. A mi breve y pertinaz edad consideré que no sólo estaba preparada para el matrimonio, sino además, para traer hijos al mundo. Así es que decidí embarazarme de motu proprio. La patúa.
Los primeros meses pasaron sin mayor asombro. Un poquito de acidez, alguna que otra mañana nauseabunda, una incipiente barriga. Mes tras mes, igual. El embarazo se parecía bastante al no embarazo. Hasta que un día ocurrió la cosa más sorprendente que he vivido (sin temor a exagerar). En la superficie lisa y redonda de mi guata, apareció un cototo. Grande. Era una sensación rara, no un dolor, sino más bien una presión, como cuando el médico te examina. Pero en este caso, desde adentro hacia afuera. Y luego, ese cototo, se desplazó un poco hacia el lado y desapareció de nuevo.
Quedé perpleja. Y el asombro no me abandona hasta ahora. Lo recuerdo y me asombro de nuevo. Todo el mundo te habla de la maravilla de ser madre, de la belleza de la gravidez, del momento glorioso de ver a tu hijo recién nacido, bla bla bla. Pero ¡cómo era posible que nadie me hubiera mencionado lo increíble que era eso!
Fue el momento en que tomé conciencia de que un embarazo significa, ni más ni menos, que tienes una persona (¡una persona!) dentro de tu cuerpo. Y que esa persona está viva y es independiente, y que tiene, ya desde antes de nacer, un carácter bien definido.
Una persona, toda una persona, salió de mí unos pocos meses después. No fue fácil, la labor duró dos días y sus noches, pero al cabo de ese tiempo, ahí estaba. Era tal y como yo me había imaginado que sería: el color de su piel, su pelo lustroso, sus ojitos de aceituna. Una personita demasiado preciosa, que más tarde sería un niño risueño, un adolescente brillante y, ahora, todo un adulto de 21 años. Rodrigo hoy es mayor de lo que era su madre cuando lo parió.
No se engañen. El que escriba esto no quiere decir que yo sea una madre muy "maternal". Nunca lo he sido. No me parece para nada que las mujeres hayamos sido bendecidas con "el don de "dar vida", ni que ser madre sea requisito para la realización personal de nadie. Aparte, todo el proceso de parir, cambiar pañales y amamantar me repugna bastante. Si hubiera sido madre por tercera vez, hubiera descartado todas esas cosas, y sólo me hubiera quedado con una: el cototito que avanzaba empujando, de lado a lado de mi guata.

viernes 26 de junio de 2009

PABLO


Siempre pensamos que iba a ser una niña. Fue pudoroso en la ecografía, parece, lo que dio pie a la confusión. Y no. Cuando terminó de salir de mi vientre traía una presita de más. Se iba a llamar Canela, pero hubo que improvisar un nombre al tiempo que iban cortando el cordón umbilical. Acertamos. Pablo tiene el nombre de un guerrillero, de un hombre admirable.

Y era hermoso. Infinitamente hermoso. Apenas lloraba, era más bien un refunfuñar por los toqueteos sin delicadeza de las enfermeras, preocupadas a toda carrera de la sepsis. Ahora pienso que era una primera expresión de su carácter tan reservado. No es que sea poco comunicativo, al menos entre él y yo hay una comunicación bastante cómplice (y pienso es una de nuestras mayores fortalezas para salir adelante en la vida que nos tocó). Simplemente no expresa sus emociones de la manera desbordante que suelen hacer los adolescentes; se contiene, procesa... y luego dice, con vehemencia.

La cosa es que ahí estaba. Pequeño (aunque grande para el estándar guagua). Yo lloraba un poco y reía bastante, todo al mismo tiempo. Era feliz. Su hermano, que tenía 6 años, vino a verlo al hospital. Su curiosidad científica era infinita. Un de las escenas más tiernas que recuerdo: mientras yo hablaba con los visitantes, él, solito junto a la cuna, medía con sus dedos el tamaño de su propia oreja, para luego comparar esa medida con la oreja de Pablo, de modo de poder apreciar la diferencia de tamaño.

Pablo nació justo antes de fin de mes, teníamos las chauchas justas para no pasar hambre. Más encima llovía. Su padre lo envolvió en su parka, yo me sujeté todo lo necesario, y plantamos carrerón al metro. Llegamos casi indemnes de lluvia, pero él sequito sequito. Cuando entreá a la casa con mi hijo en brazos, la sentí como si fuera un mundo ajeno. Lo que había sido mi mundo hasta ese momento, la burbuja en que estábamos sumidos los dos, había pasado. Ahora estábamos cada uno parado, perplejos ante el mundo frío que habría de ser nuestro hábitat hasta el fin de nuestros tiempos. Y sin embargo, estamos tan juntos desde hace, hoy, 15 años.